Álvaro Zapata, SJ

La llamada al sacerdocio, la descubrí como una segunda llamada dentro de mi vida en la Compañía, que comencé siendo hermano jesuita. Las experiencias apostólicas del magisterio y las voces de la gente que me rodeaba —en el apostolado y entre los compañeros jesuitas—, me hicieron entender que Dios me abría un camino distinto al que yo había imaginado. Muchas personas me han ido “haciendo” sacerdote con su oración, con sus interpelaciones, abriéndome su casa, corrigiéndome cuando me equivocaba.
A mí me ha tocado intentar no estar demasiado despistado ante esas llamadas, y retomar el camino cuando me he ido perdiendo. Porque con el tiempo uno descubre que ni es quien pensaba que era, ni la Compañía ni la Iglesia son como las había imaginado. Entender esto no como una decepción, sino como un proceso de crecimiento y esperanza, ha sido clave para seguir caminando.
En estos primeros pasos el sacerdocio para mí se resume en una frase de la plegaria eucarística II: “Nos haces dignos de servirte en tu presencia”. En el original latino dice Adstare coram te et tibi ministrare, que literalmente significa “estar delante de ti y servirte a ti”. Esto es, para mí, el sacerdocio ahora: rezar, celebrar y vivir delante de Él, sirviéndole allí donde Él ya está, en medio de su pueblo, donde nos espera y nos llama.

Porque vivo el sacerdocio en medio del pueblo, no en la soledad del elegido. Y esto me ayuda enormemente. Es bueno tirar de las mediaciones, de los compañeros de camino, me evita el riesgo de vivir la vocación desde los ideales y me permite hacerlo desde la realidad.
Desde hace tiempo me consuela especialmente al rezar sobre el sacerdocio, recordando una reflexión de San Juan de Ávila. Él dice que el sacerdote ha de estar dispuesto a ser como el pesebre: un lugar que, sabiéndose indigno, acoge a Dios y lo muestra al mundo. Porque esos son los lugares que Dios elige: los de abajo, los de fuera, los que nosotros no escogeríamos. Ojalá que en mi pobreza y en mi limitación Dios pueda mostrarse a otros, y que yo sepa reconocerlo en mi vida.
